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      Generosidad no es compartir lo que no sirve. Solidaridad no es desprenderse de aquello que no usamos para darle una segunda vida. La solidaridad es compartir lo necesario, desprendernos de aquello que es útil y preciso.

      No albergo duda alguna de que saldremos de la actual crisis sanitaria, pero no tengo tan claro ni cuándo saldremos ni cuáles serán las secuelas que nos deje. Desconfío por lo general de la capacidad de aprendizaje de nuestra especie. Creo que cada vez somos más listos, pero avanzamos poco en sabiduría y buena muestra de ellos es que siguen plenamente vigentes las tragedias griegas con más de dos mil años a sus espaldas, por lo que no tengo demasiadas esperanzas en que aprovechemos las lecciones y experiencias que nos brinda la pandemia que nos azota.

      Y tan claro como tengo que de esta crisis sanitaria emergeremos, tengo que de sus consecuencias y secuelas sólo hay dos formas de salir: aumentando la desigualdad o reduciéndola. A estas alturas resulta evidente que la crisis sanitaria va a dejar, además de los fallecidos durante la misma, cientos de miles de víctimas sin capacidad alguna para solucionar los enormes problemas socio-económicos con los que nos vamos a tener que enfrentar. Esta crisis, que a buen seguro va a causar más daño y desolación que la sanitaria, se puede afrontar con políticas y medidas que beneficien a la mayoría, es decir, que acerquen a los extremos sociales, que reduzcan las desigualdades, o con políticas y medidas que profundicen el abismo entre los extremos y que continúen ampliando las desigualdades.

      Y es evidente que los efectos no sanitarios de la pandemia ya los están padeciendo miles de ciudadanos y ciudadanas y que, conforme transcurran las semanas, los van a ir padeciendo muchos cientos de miles más. Hoy sabemos, por ejemplo, cómo miles de familias llegan a final de mes con la ayuda de sus tarjetas revolving, ayuda que mes a mes le ahonda su problema financiero; como miles de trabajadores y trabajadoras ya saben que no se incorporaran a sus puestos de trabajo porque sus empresas, que ya andaban tocadas, se devienen en inviables; y qué decir de los miles de desempleados anteriores a la crisis a los que ésta va a profundizar en su desesperación.

      No hay que esperar a que acabe

      Es por ello que entiendo que no hay que esperar a la finalización de la pandemia para definir la línea de las políticas que queremos. Tenemos que adelantarnos a su finalización e ir trazando el camino de la recuperación, camino que debe transitar por medidas que beneficien a la mayoría y que ayuden a reducir la brecha de las desigualdades. Y a esas políticas deberemos de consagrarnos todos, aunque sólo sea por aquello que esta crisis sanitaria está dejando tan claro y es que no caben salvaciones individuales, que o actuamos de forma coordinada y eficaz como sociedad o que pagaremos altos precios, sociales e individuales.

      Pero las políticas colectivas no deben dejarnos a todos en espera y aguardando a ver que se les ocurre a nuestros políticos; no deben situarnos en posiciones pasivas, sino que debemos asumir que estamos ante una tarea de todos. Si nos quedamos inactivos, si abandonamos el espacio de la iniciativa, nuestro hueco será rellenado por otros, por aquéllos que siempre ven en una crisis la oportunidad de mejorar sus cuentas de resultados, por aquéllos que hacen de la desigualdad la base de su riqueza. Ha llegado el momento de ser generosos, de ser solidarios y ponernos todos y todas a la tarea.

      Definiendo el concepto

      Generosidad no es compartir lo que no sirve. Solidaridad no es desprenderse de aquello que no usamos para darle una segunda vida. La solidaridad es compartir lo necesario, desprendernos de aquello que es útil y preciso. Hoy más que nunca necesitamos la defensa de la igualdad que consagra nuestra Constitución como valor supremo de nuestro ordenamiento jurídico. Hoy más que nunca necesitamos que los poderes públicos promuevan las condiciones favorables para el progreso social y económico y para una distribución de la renta regional y personal más equitativa y antes de que me digan que si lo que pido es ser como Venezuela, aclaro que lo que pido en que se cumpla nuestra Constitución.

      Parece que ahora hasta los más liberales miran al Estado en solicitud de soluciones para “lo suyo”. Hasta aquéllos que decían que es el mercado el que nos sitúa a cada uno en su sitio, que no es buena ninguna intervención, claman por las ayudas estatales, pero estas ayudas, que deben salir de una caja común tienen que ser soportadas con lo que todos ingresamos en la caja y, ha llegado el momento para que, con escrupuloso respeto a nuestra carta Magna todos contribuyamos al sostenimiento del gasto público de acuerdo a nuestra capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad.

      Generosidad y solidaridad

      Pero la generosidad y solidaridad no es algo cuya ejecución debamos dejar sólo en manos del Estado, o de los otros, sino que todos debemos de practicarlas. Es un contrasentido que clamemos por la solidaridad internacional y nos olvidemos de nuestros compromisos con países en vías de desarrollo. Hay que solicitar ayuda, pero hay que seguir ayudando. Y, a nivel interno, no se trata de quién, de qué colectivo logra más ayudas o recibe más protección, sino de apoyar a quién más lo necesita. Tenemos que ser capaces de aceptar el sacrificio que supone la reducción de la desigualdad, el acercamiento de los extremos, que pasa necesariamente por la reducción de los privilegios de unos pocos (eliminación de los paraísos fiscales, tributación de las empresas en los países donde se generan los ingresos, prohibición de las sociedades offshore, limitaciones a los movimientos del capital…etc.).

      Y a nivel individual también cabe la solidaridad y la generosidad. Está muy bien que aplaudamos desde los balcones todas las tardes y así podemos seguir hasta la eternidad, pero, lamentablemente, con ello no contribuimos ni a paliar ni mejorar los efectos de la crisis. Es momento de comportamientos nobles, de mutualizar la ayuda. Son momentos que, los que podamos contribuir, debemos mantener los puestos de trabajo, aunque sea a costa de resultados negativos. Son momentos de mirar por la caja común y de cómo la llenamos más que de ver cuánto podemos sacar de ella. Son momentos que deseo nos sirvan para ser mejores y para trabajar en pos de lograr una sociedad más justa e igualitaria.


      Noticia publicada en Vientos de Cambio Justo. El 7 de abril de 2020. Ver artículo.

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