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      Recientemente hemos conocido una sentencia de la Audiencia Nacional por la que se condenaba a tres años y medio de cárcel al rapero Valtonyc, por crear y reproducir una canción sobre el Rey Juan Carlos. Fue también un Magistrado de la Audiencia Nacional quién ordenó el ingreso en prisión de dos titiriteros acusados de los delitos de enaltecimiento del terrorismo y de atacar derechos y libertades. La causa fue posteriormente archivada.

      La fiscalía de la Audiencia Nacional solicitaba dos años y seis meses de prisión para una joven por difundir chistes relativos a Carrero Blanco y finalmente ha sido condenada a un año aunque la sentencia no es firme, pero no es la única que está pendiente de un proceso judicial por hacer chistes en las redes sociales, otro joven, Arkaitz Terrón, está pendiente de sentencia y otros muchos más tienen diligencias abiertas por motivos similares.

      Afortunadamente para los/as sindicalistas sevillanos/as, que como acto reivindicativo celebraron la “procesión del coño insumiso”, manifestación de protesta por la muerte de derechos socio laborales, se decretó auto de archivo por la Jueza de Instrucción; no obstante, dura poco la alegría en la casa del pobre y la Audiencia Provincial de Sevilla ha ordenado reabrir la causa y continuar con la instrucción, estando por ver como finaliza.

      Y podríamos seguir narrando innumerables supuestos en los que mientras los fiscales y los jueces señalan delitos, otros hablamos de libertad de expresión; de hechos de mejor o peor gusto, de chistes graciosos o sin gracia alguna… pero de hechos que deberían quedar al margen del filtro de la jurisdicción penal, último filtro en un Estado democrático.

      No estamos ante un problema de interpretación

      Con independencia de que toda norma sea interpretable, de que en función de quién la interprete cabe una aplicación más o menos rígida, es lo cierto que nuestro vigente Código Penal ampara las condenas que se están imponiendo; no estamos ante un problema de interpretación, sino ante una norma que, por voluntad del legislador, está restringiendo de forma grave la libertad de expresión, una norma que sin que existiese una necesidad social ni una demanda ciudadana, fue reformada introduciendo claras restricciones a la libertad de expresión, entre otras.

      Soy totalmente conocedor de las reglas de marketing para profesionales, y de cómo una de las primeras es la de no acometer determinados temas en los blog profesionales, pero igualmente soy consciente de que a los derechos civiles, a las libertades públicas, les pasa como a las plantas de los jardines, hay que atenderlas día a día, hay que cuidarlas porque en caso contrario se secan y conlleva más esfuerzo volver a plantarlas, que crezcan y se pongan al nivel que tenían, que mantener y desarrollar las que tenemos.

      Despenalizar conductas

      La última reforma del Código Penal, aquella que decía que venía a despenalizar conductas, la estamos sufriendo ahora viendo cómo llegan a los Tribunales hechos que en una democracia madura no deberían ser considerados delitos. Lo de “castigar a los malos” es algo que cala muy bien en los ciudadanos de orden, en la ciudadanía en general, pero el día en que se encuentran con una hija, con un hermano, etc… sentado en el banquillo por un chiste, por una opinión o por una actividad creativa, ese día se dan cuenta de lo amplio, de lo omnicomprensivo que puede llegar a ser el término “malos” y es cuando comprueban, con dolor, lo dura que puede llegar a ser la Ley.

      No corren buenos vientos para los derechos civiles; los políticos de todo el mundo no dejan de anunciarnos riegos y males y meternos miedo para, a continuación, ofrecer soluciones que curiosamente, a la postre, restringen derechos y libertades, y somos los ciudadanos, individualmente y en forma colectiva, los que tenemos que reivindicarlos y pelear para no retroceder, los que tenemos que mantener una posición vigilante y exigente e impedir la más mínima involución.

      Un asiento, un detonante…

      Entre mis heroínas predilectas se encuentra Rosa Parks, aquella mujer afroamericana que no quiso levantarse del asiento del autobús para cedérselo a un blanco en el Sur de los EE.UU y que con su gesto, con su actitud, fue el detonante de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Para muchos, no tenía sentido que arriesgase su libertad e incluso su vida por un asiente de autobús, sin embargo, no hay nada más valioso que aquellos derechos y libertades que gracias a Rosa Parks y a todos aquellos que, en el siglo pasado, lucharon por lograr un consenso mundial para la declaración, protección y defensa de los derechos civiles y libertades públicas que, como no andemos vigilantes, en este siglo veremos recortar.

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